jueves, 14 de enero de 2010

El silencio

Oía los pasos cada vez con más nitidez. Era una señal inequívoca de que alguien se aproximaba por mi espalda. Decidí apremiar mi marcha ligeramente, con disimulo, pues una carrera acelerada no haría sino provocar a mi perseguidor. Pero yo presentía que el desenlace estaba próximo y, con más miedo que valor, me detuve en seco y gire sobre mis talones. Sólo tuve tiempo de adivinar la hoja plateada de un cuchillo, brillante en medio de una oscuridad tenebrosa, que descendía con velocidad buscando mi pecho. A esas alturas el sudor bañaba mi frente, corriendo ligero por mis mejillas, y con el último aliento que me quedaba logre incorporarme y despertar entre unas sábanas arrugadas y húmedas.

Aquella pesadilla me despertó preocupado. Normalmente no solía recordar los sueños, me dejaban tranquilo en el sopor de la noche y nunca sabía si mis andanzas en eso del subconsciente eran para bien o para mal, simplemente me dejaban en paz.

Algunos amigos me cuentan que disfrutan mientras duermen. Visitan lugares de ensueño y cumplen sus deseos más carnales. Hasta sueñan con números de lotería y corren a la administración más cercana para encargar con prisa ese boleto, seguros de que el sueño es un oráculo que llega, por fin, para poder cumplir el resto. Me sorprenden en su humana idiotez y disfruto cuando, una vez más, su número no ha ganado. Pero ahora yo también estoy dispuesto a invertir unas monedas si con ello logró olvidar esta pesadilla.

Pero no puedo. Tengo miedo de volver al sueño y morir en ese callejón oscuro, a manos de no se sabe quién, de un desalmado. Me visto torpemente y salgo a la calle. La noche no es demasiado desapacible, pero el sudor y el aire hacen que sienta un rápido escalofrío. Camino sin rumbo esperando las primeras luces del alba, para poder entrar en la rutina de todos los días, y entonces vuelvo a sentir miedo. De nuevo oigo esos pasos y vuelvo a oírlos cada vez más cerca. Ahora no puede ser un sueño, aprieto fuerte mi puño derecho y creo sentir cómo las uñas se marcan en la palma de mi mano. Avanzo con cautela y alcanzó a vislumbrar una extraña sombra que me precede. Cada vez estoy más cerca y noto una fuerte presión en el pecho que me deja sin aliento. Cuando casi la alcanzo gira bruscamente, pero no logro adivinar su rostro, sólo tengo tiempo de bajar el cuchillo con rapidez y clavárselo en su pecho. Entonces me doy cuenta de todo. Seguro que sigo perdido en el sueño que me persigue, porque dejo caer el machete al suelo pero ya no oigo ningún ruido, y corro de nuevo hasta mi cama en medio de un silencio que me asusta.

Salto escalones y atravieso puertas cuando una luz intensa golpea mis pupilas. No recuerdo si la dejé encendida, ni comprendo por qué hay tanta gente alrededor de mi cama. Aparto a alguien y me veo entre unas sábanas arrugadas y húmedas, con los ojos cerrados y por fin tranquilo. Los veo hablar pero no hacen ruido, y empiezo a dudar si algún día yo también pude soñar el número de lotería. Pero hace frío y todo es silencio.

2 comentarios:

Angel Javier dijo...

Jo, me has dejado hecho polvo...¡está tan bien escrito!
En broma: no cenes tanto, no es bueno para dormir.
En serio: excelente relato corto, amigo.
Un abrazo grande

Antonio Cabello Martín dijo...

Muy bueno, me gusta y mira que es raro encontrar un relato corto que me guste. Seguiré leyendo más.