viernes, 24 de abril de 2009

Cuatro historias


Esta podría ser la historia de Sandra, una niña menuda y vivaracha, de pelo negro y sonrisa permanente, que casi todos los días salía a la plaza a jugar, a corretear y a dar vueltas con su bicicleta. Y el aire, que jugaba entre su pelo mientras ella daba patadas al balón, o sorteaba árboles en una carrera mil veces repetida sobre sus patines rojos, los que le regaló su madre cuando creció y sus pies ya no cabían en los anteriores.

También podría ser la historia de su bicicleta nueva, la que dejó su hermano cuando se hizo grande y ahora le servía a ella para poder ir más rápido que con la suya, tan pequeña ya, que sus piernas giraban a más velocidad de la que los pedales podían soportar. Porque para ella era nueva, su padre le había cambiado el sillín y tenía un timbre recién comprado. Y acompañaba a su madre cuando iba al mercado, a la panadería o a la droguería de la esquina, cuando necesitaba pinzas o una redecilla para el moño, porque la que tenía se le había roto.

Pero un día que, como siempre, entró en la tienda con su madre y dejó la bicicleta en la puerta, apoyada junto al árbol que daba sombra en verano, vio a través del escaparate cómo un niño la miraba, la cogía, se montaba en su sillín nuevo y comenzaba a pedalear calle arriba. La cara de Sandra cambió en ese preciso instante, sus ojos se volvieron tristes y su sonrisa se perdió en el fondo de su alma. Corrió hacia la calle tirando de su madre, gritando solamente ¡mi bicicleta, mi bicicleta!, y sus piernas menudas, pero veloces como el viento, intentando alcanzar al niño que le había quitado su mejor juguete. Sólo llegó a verlo cómo doblaba la esquina y se perdía en un barrio para ella desconocido, y se quedó quieta, llorando, mientras su madre intentaba calmarla acariciándole con las manos su pelo suelto, apretándola entre sus brazos y dejando que sus lágrimas se ahogaran en su vestido.

Pero podría ser la historia de Paco, al que todos conocían como Currito, porque en su familia a todos los pacos se les llamaba Curro, pero él era más pequeño de lo habitual y su madre siempre le decía que si es que no pensaba crecer nunca. Que se pasaba las horas de las tardes vagando sin rumbo por las calles, siempre a la espera de encontrarse algo que le cambiase su rutina, o aprovechando las terrazas de los bares en los días menos fríos para cantar alguna cancioncilla y sacarse algo de dinero. Y que cuando vio la bicicleta azul y blanca, con las ruedas adornadas con pequeñas cuentas de colores, se imaginó dando vueltas en la plaza de su barrio, ante las incrédulas miradas de sus amigos, y convertido en una especie de príncipe. También pensó que podría dejársela a Carmencita, su compañera de clase que vivía dos casas más arriba de la suya, y que se casaría con ella cuando fueran grandes.

Y también es la historia del padre de Sandra, que estaba en casa, entretenido intentando arreglar un viejo trasto, cuando vio llegar a su hija con los ojos rojos e incapaz de pronunciar más de dos palabras seguidas. Que corrió hasta la plaza del barrio de Currito para encontrar la bicicleta de su hija, porque él sí sabía cómo funcionan esas cosas. Entonces vio a otra niña montada en ella, Carmencita con los mismos ojos grandes y la sonrisa de Sandra, la miró pero no pudo recriminarle nada. Sólo la bajó con rabia y se llevó la bicicleta a casa, sabiendo que su hija recuperaría la alegría y que esa noche, seguramente, Sandra soñaría con él.

Se alejaba ensimismado y volvió su mirada por última vez. Entonces pudo ver, entre un corro de niños morenos, como Carmencita abrazaba a Currito mientras le besaba en la cara. Durante un instante recordó cuando él también era un niño y, apretando con fuerza el manillar, comenzó a sonreír cada vez con más ganas.

2 comentarios:

Toñi dijo...

Es una historia preciosa, circular y encantadora.

Me gustó cuando la leiste y ahora he visto que la has puesto aquí.

Un beso. Toñi

Angel Javier dijo...

Chula Chema, me encanta como haces vidas paralelas de la vida cotidiana, vidas que sin duda existen también. Un abrazo, escritor
Ángel