Andan revueltas las aguas en la Universidad de Castilla-La Mancha.
jueves, 12 de noviembre de 2009
¡Facultad de Educación, YA!
Andan revueltas las aguas en la Universidad de Castilla-La Mancha.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Natalia Rodríguez y Nadia. Dos campeonas
jueves, 8 de octubre de 2009
Es muy fácil
Es muy difícil contar las estrellas que hay en el cielo,
y saber lo lejos que están,
y si alguien, desde alguna de ellas, nos está mirando.
Pero es muy fácil, en las noches de verano,
tumbarse sobre la hierba fresca
y contemplarlas mientras corren y se apagan,
y dejar que nuestros sueños vuelen hasta ellas.
Es muy difícil saber cuánta agua hay en el mar,
y los animales y plantas que habitan en sus fondos,
y dónde estarán mañana las gotas que me bañan hoy.
zambullirse en sus aguas saladas que enrojecen los ojos,
y buscar tesoros escondidos por piratas barbudos,
y sirenas que cantan con sus ojos tristes.
que suba y que baje y que de vueltas sin parar,
y que no caiga al suelo con sus hilos enredados.
dejar que nuestros sueños suban por sus hilos hasta el final,
y soltarlos entonces para que vuelen como palomas,
y que se enreden con los sueños de los otros.
sin estropear sus ramas y sus hojas,
y sin que los pájaros se asusten y se vayan de sus nidos.
tumbarse bajo su sombra oscura y cerrar los ojos,
oír el sonido de sus hojas mecidas por la brisa,
y dejar que el canto de los pájaros acompañe los sueños.
y si algún día se podrá olvidar,
y volver atrás el tiempo para que no hubiera pasado.
mirar a los ojos y pedir perdón,
y dejar que las lágrimas limpien el corazón roto,
y soñar que nos damos la mano para seguir caminando.
lunes, 24 de agosto de 2009
Natalia es campeona del mundo

viernes, 19 de junio de 2009
El Johnny no se cierra

Enfrentarse a la noticia del cierre del Johnny es muy duro.
domingo, 14 de junio de 2009
Relato publicado en "La Voz" (junio 2009)

LOS OTROS
Antes soñaba con ellos. Conseguí perderlos de vista pero visitaban mis sueños cada noche, una tras otra, sin descanso. A veces dormía profundamente y por la mañana, al despertar, no notaba que habían estado conmigo, pero sabía que no era cierto. Otras, cuando alguna preocupación quedaba en mi cabeza en el momento de cerrar los ojos, me despertaban con desasosiego y sabía con certeza que ya no podría volver a dormir esa noche. Permanecían allí, tan nítidos, que algunas veces pensé que estaban al alcance de mis manos, y que con sólo extender mis brazos podría agarrar el cuello de alguno, apretar con fuerza, presionar con mis pulgares sobre su tráquea y notar cómo sus venas se hinchaban por la sangre retenida.
Hacía tiempo que comenzaron a hacerme la vida imposible en el trabajo. No de una manera manifiesta que pudiera advertir sin disimulo, sino con una estrategia calculada en la que aparentaban ser mis más cómplices compañeros, mientras que urdían a mis espaldas una compleja trama de rencores, de envidias ciegas que, en el momento exacto, terminaron por derribarme sin el más mínimo escombro. El terreno quedó limpio, espacio diáfano para sus ineptitudes, y yo desaparecí como desaparece un soplo, sin memoria y sin olvido.
Tuvieron que pasar años de tristeza, de un rencor inerme que me marcaba el rostro, hasta encontrar una suerte de paz externa que me ayudara a pasar los días, perdidas ya las noches por obra de los sueños. No voy a entrar en detalles ni pormenores de aquello que pretendo en el olvido, pero sí puedo asegurarles que la tristeza, tornada en amargura, colmó los años de puro sufrimiento. Y cuando pensé, a modo de consuelo, que al menos los perdía para siempre, entraron en mis sueños y allí quedaron instalados como inquisidores eternos, como esos depredadores de segunda fila que aguardan el momento para rematar la faena, dictándome con sorna mil bajezas y murmurándome al oído insultos y amenazas.
Entonces sucedió algo imposible. Un día (aunque más exacto sería referirme a la noche) dormí tranquilo, plácido, sin más perturbación que mis propios ronquidos y el calor de la piel que me acompaña. Y al levantarme supe, de inmediato, que aquello no era bueno, que quebrar esa rutina me obligaba a enfrentarme a nuevos desajustes. Porque no se habían ido, simplemente habían vuelto.
Comencé a encontrarlos por las calles, como esas casualidades urbanas en las que nunca reparamos. Volvía una esquina y allí había uno, como mirando cualquier escaparate y sin prestarme la más mínima atención, y yo cambiaba rápido de acera y apresuraba el paso para no ser visto, pero con la certeza de sentirme vigilado, espiado nuevamente para poder dar cuenta de una nueva fase en ese proceso lento, inexorable, que había de encaminar mis pasos a la tumba.
Cambié mis hábitos, tracé nuevas rutas explorando calles que hasta entonces desconocía, pretendiendo esquivar lo inevitable. Y cuando alguna tarde, pensando ingenuamente que ese día sería distinto al resto, me escondía en una oscura sala de cine y percibía, dos filas más atrás y hacia mi izquierda, que unos ojos me miraban con paciencia mientras sus bocas dibujaban guiños burlones, sardónicas sonrisas, notaba una sacudida helada, como una breve descarga eléctrica, el pulso se apremiaba y mis pies corrían a encerrarme dentro de mi casa.
Tardé en armarme de valor, o de inconsciencia. Adiviné, más por eliminación que por sabiduría, que había de enfrentarme a ellos cara a cara, y antes de que afrontaran nuevos actos que acabaran con lo poco que de mí quedaba.
Fue una tarde radiante, de cielo despejado, cuando uno de ellos se interpuso en mi camino. Ya desde lejos buscaba mi mirada y lo esperé tranquilo, con respiraciones profundas y alargadas, de esas que dicen que relajan aunque realmente no sirven para nada. Y a un metro de mí adelanté mi mano, como un saludo cortés y cotidiano. La suya estaba fría, creo que sudaba, y con mi mano libre le enterré en el vientre mi navaja.
Abrió la boca pero quedó mudo, mientras yo apretaba las cachas blancas, transparentes, de asta de toro que, a esas alturas, se manchaban con su sangre oscura, blanda, sucia y pegajosa.
Desde entonces ya no he vuelto a ver ninguno. Duermo tranquilo y vuelvo a soñar, como en la infancia, que surco el aire volando con mis alas.
viernes, 24 de abril de 2009
Cuatro historias

Esta podría ser la historia de Sandra, una niña menuda y vivaracha, de pelo negro y sonrisa permanente, que casi todos los días salía a la plaza a jugar, a corretear y a dar vueltas con su bicicleta. Y el aire, que jugaba entre su pelo mientras ella daba patadas al balón, o sorteaba árboles en una carrera mil veces repetida sobre sus patines rojos, los que le regaló su madre cuando creció y sus pies ya no cabían en los anteriores.
También podría ser la historia de su bicicleta nueva, la que dejó su hermano cuando se hizo grande y ahora le servía a ella para poder ir más rápido que con la suya, tan pequeña ya, que sus piernas giraban a más velocidad de la que los pedales podían soportar. Porque para ella era nueva, su padre le había cambiado el sillín y tenía un timbre recién comprado. Y acompañaba a su madre cuando iba al mercado, a la panadería o a la droguería de la esquina, cuando necesitaba pinzas o una redecilla para el moño, porque la que tenía se le había roto.
Pero un día que, como siempre, entró en la tienda con su madre y dejó la bicicleta en la puerta, apoyada junto al árbol que daba sombra en verano, vio a través del escaparate cómo un niño la miraba, la cogía, se montaba en su sillín nuevo y comenzaba a pedalear calle arriba. La cara de Sandra cambió en ese preciso instante, sus ojos se volvieron tristes y su sonrisa se perdió en el fondo de su alma. Corrió hacia la calle tirando de su madre, gritando solamente ¡mi bicicleta, mi bicicleta!, y sus piernas menudas, pero veloces como el viento, intentando alcanzar al niño que le había quitado su mejor juguete. Sólo llegó a verlo cómo doblaba la esquina y se perdía en un barrio para ella desconocido, y se quedó quieta, llorando, mientras su madre intentaba calmarla acariciándole con las manos su pelo suelto, apretándola entre sus brazos y dejando que sus lágrimas se ahogaran en su vestido.
Pero podría ser la historia de Paco, al que todos conocían como Currito, porque en su familia a todos los pacos se les llamaba Curro, pero él era más pequeño de lo habitual y su madre siempre le decía que si es que no pensaba crecer nunca. Que se pasaba las horas de las tardes vagando sin rumbo por las calles, siempre a la espera de encontrarse algo que le cambiase su rutina, o aprovechando las terrazas de los bares en los días menos fríos para cantar alguna cancioncilla y sacarse algo de dinero. Y que cuando vio la bicicleta azul y blanca, con las ruedas adornadas con pequeñas cuentas de colores, se imaginó dando vueltas en la plaza de su barrio, ante las incrédulas miradas de sus amigos, y convertido en una especie de príncipe. También pensó que podría dejársela a Carmencita, su compañera de clase que vivía dos casas más arriba de la suya, y que se casaría con ella cuando fueran grandes.
Y también es la historia del padre de Sandra, que estaba en casa, entretenido intentando arreglar un viejo trasto, cuando vio llegar a su hija con los ojos rojos e incapaz de pronunciar más de dos palabras seguidas. Que corrió hasta la plaza del barrio de Currito para encontrar la bicicleta de su hija, porque él sí sabía cómo funcionan esas cosas. Entonces vio a otra niña montada en ella, Carmencita con los mismos ojos grandes y la sonrisa de Sandra, la miró pero no pudo recriminarle nada. Sólo la bajó con rabia y se llevó la bicicleta a casa, sabiendo que su hija recuperaría la alegría y que esa noche, seguramente, Sandra soñaría con él.
Se alejaba ensimismado y volvió su mirada por última vez. Entonces pudo ver, entre un corro de niños morenos, como Carmencita abrazaba a Currito mientras le besaba en la cara. Durante un instante recordó cuando él también era un niño y, apretando con fuerza el manillar, comenzó a sonreír cada vez con más ganas.

