domingo, 14 de junio de 2009

Relato publicado en "La Voz" (junio 2009)




LOS OTROS

Antes soñaba con ellos. Conseguí perderlos de vista pero visitaban mis sueños cada noche, una tras otra, sin descanso. A veces dormía profundamente y por la mañana, al despertar, no notaba que habían estado conmigo, pero sabía que no era cierto. Otras, cuando alguna preocupación quedaba en mi cabeza en el momento de cerrar los ojos, me despertaban con desasosiego y sabía con certeza que ya no podría volver a dormir esa noche. Permanecían allí, tan nítidos, que algunas veces pensé que estaban al alcance de mis manos, y que con sólo extender mis brazos podría agarrar el cuello de alguno, apretar con fuerza, presionar con mis pulgares sobre su tráquea y notar cómo sus venas se hinchaban por la sangre retenida.
Hacía tiempo que comenzaron a hacerme la vida imposible en el trabajo. No de una manera manifiesta que pudiera advertir sin disimulo, sino con una estrategia calculada en la que aparentaban ser mis más cómplices compañeros, mientras que urdían a mis espaldas una compleja trama de rencores, de envidias ciegas que, en el momento exacto, terminaron por derribarme sin el más mínimo escombro. El terreno quedó limpio, espacio diáfano para sus ineptitudes, y yo desaparecí como desaparece un soplo, sin memoria y sin olvido.
Tuvieron que pasar años de tristeza, de un rencor inerme que me marcaba el rostro, hasta encontrar una suerte de paz externa que me ayudara a pasar los días, perdidas ya las noches por obra de los sueños. No voy a entrar en detalles ni pormenores de aquello que pretendo en el olvido, pero sí puedo asegurarles que la tristeza, tornada en amargura, colmó los años de puro sufrimiento. Y cuando pensé, a modo de consuelo, que al menos los perdía para siempre, entraron en mis sueños y allí quedaron instalados como inquisidores eternos, como esos depredadores de segunda fila que aguardan el momento para rematar la faena, dictándome con sorna mil bajezas y murmurándome al oído insultos y amenazas.
Entonces sucedió algo imposible. Un día (aunque más exacto sería referirme a la noche) dormí tranquilo, plácido, sin más perturbación que mis propios ronquidos y el calor de la piel que me acompaña. Y al levantarme supe, de inmediato, que aquello no era bueno, que quebrar esa rutina me obligaba a enfrentarme a nuevos desajustes. Porque no se habían ido, simplemente habían vuelto.
Comencé a encontrarlos por las calles, como esas casualidades urbanas en las que nunca reparamos. Volvía una esquina y allí había uno, como mirando cualquier escaparate y sin prestarme la más mínima atención, y yo cambiaba rápido de acera y apresuraba el paso para no ser visto, pero con la certeza de sentirme vigilado, espiado nuevamente para poder dar cuenta de una nueva fase en ese proceso lento, inexorable, que había de encaminar mis pasos a la tumba.
Cambié mis hábitos, tracé nuevas rutas explorando calles que hasta entonces desconocía, pretendiendo esquivar lo inevitable. Y cuando alguna tarde, pensando ingenuamente que ese día sería distinto al resto, me escondía en una oscura sala de cine y percibía, dos filas más atrás y hacia mi izquierda, que unos ojos me miraban con paciencia mientras sus bocas dibujaban guiños burlones, sardónicas sonrisas, notaba una sacudida helada, como una breve descarga eléctrica, el pulso se apremiaba y mis pies corrían a encerrarme dentro de mi casa.
Tardé en armarme de valor, o de inconsciencia. Adiviné, más por eliminación que por sabiduría, que había de enfrentarme a ellos cara a cara, y antes de que afrontaran nuevos actos que acabaran con lo poco que de mí quedaba.
Fue una tarde radiante, de cielo despejado, cuando uno de ellos se interpuso en mi camino. Ya desde lejos buscaba mi mirada y lo esperé tranquilo, con respiraciones profundas y alargadas, de esas que dicen que relajan aunque realmente no sirven para nada. Y a un metro de mí adelanté mi mano, como un saludo cortés y cotidiano. La suya estaba fría, creo que sudaba, y con mi mano libre le enterré en el vientre mi navaja.
Abrió la boca pero quedó mudo, mientras yo apretaba las cachas blancas, transparentes, de asta de toro que, a esas alturas, se manchaban con su sangre oscura, blanda, sucia y pegajosa.
Desde entonces ya no he vuelto a ver ninguno. Duermo tranquilo y vuelvo a soñar, como en la infancia, que surco el aire volando con mis alas.

viernes, 24 de abril de 2009

Cuatro historias


Esta podría ser la historia de Sandra, una niña menuda y vivaracha, de pelo negro y sonrisa permanente, que casi todos los días salía a la plaza a jugar, a corretear y a dar vueltas con su bicicleta. Y el aire, que jugaba entre su pelo mientras ella daba patadas al balón, o sorteaba árboles en una carrera mil veces repetida sobre sus patines rojos, los que le regaló su madre cuando creció y sus pies ya no cabían en los anteriores.

También podría ser la historia de su bicicleta nueva, la que dejó su hermano cuando se hizo grande y ahora le servía a ella para poder ir más rápido que con la suya, tan pequeña ya, que sus piernas giraban a más velocidad de la que los pedales podían soportar. Porque para ella era nueva, su padre le había cambiado el sillín y tenía un timbre recién comprado. Y acompañaba a su madre cuando iba al mercado, a la panadería o a la droguería de la esquina, cuando necesitaba pinzas o una redecilla para el moño, porque la que tenía se le había roto.

Pero un día que, como siempre, entró en la tienda con su madre y dejó la bicicleta en la puerta, apoyada junto al árbol que daba sombra en verano, vio a través del escaparate cómo un niño la miraba, la cogía, se montaba en su sillín nuevo y comenzaba a pedalear calle arriba. La cara de Sandra cambió en ese preciso instante, sus ojos se volvieron tristes y su sonrisa se perdió en el fondo de su alma. Corrió hacia la calle tirando de su madre, gritando solamente ¡mi bicicleta, mi bicicleta!, y sus piernas menudas, pero veloces como el viento, intentando alcanzar al niño que le había quitado su mejor juguete. Sólo llegó a verlo cómo doblaba la esquina y se perdía en un barrio para ella desconocido, y se quedó quieta, llorando, mientras su madre intentaba calmarla acariciándole con las manos su pelo suelto, apretándola entre sus brazos y dejando que sus lágrimas se ahogaran en su vestido.

Pero podría ser la historia de Paco, al que todos conocían como Currito, porque en su familia a todos los pacos se les llamaba Curro, pero él era más pequeño de lo habitual y su madre siempre le decía que si es que no pensaba crecer nunca. Que se pasaba las horas de las tardes vagando sin rumbo por las calles, siempre a la espera de encontrarse algo que le cambiase su rutina, o aprovechando las terrazas de los bares en los días menos fríos para cantar alguna cancioncilla y sacarse algo de dinero. Y que cuando vio la bicicleta azul y blanca, con las ruedas adornadas con pequeñas cuentas de colores, se imaginó dando vueltas en la plaza de su barrio, ante las incrédulas miradas de sus amigos, y convertido en una especie de príncipe. También pensó que podría dejársela a Carmencita, su compañera de clase que vivía dos casas más arriba de la suya, y que se casaría con ella cuando fueran grandes.

Y también es la historia del padre de Sandra, que estaba en casa, entretenido intentando arreglar un viejo trasto, cuando vio llegar a su hija con los ojos rojos e incapaz de pronunciar más de dos palabras seguidas. Que corrió hasta la plaza del barrio de Currito para encontrar la bicicleta de su hija, porque él sí sabía cómo funcionan esas cosas. Entonces vio a otra niña montada en ella, Carmencita con los mismos ojos grandes y la sonrisa de Sandra, la miró pero no pudo recriminarle nada. Sólo la bajó con rabia y se llevó la bicicleta a casa, sabiendo que su hija recuperaría la alegría y que esa noche, seguramente, Sandra soñaría con él.

Se alejaba ensimismado y volvió su mirada por última vez. Entonces pudo ver, entre un corro de niños morenos, como Carmencita abrazaba a Currito mientras le besaba en la cara. Durante un instante recordó cuando él también era un niño y, apretando con fuerza el manillar, comenzó a sonreír cada vez con más ganas.

martes, 31 de marzo de 2009

El río

(Este texto es un simple ejercicio de escritura que consistía en reescribir el cuento del mismo título que Julio Cortázar incluyó en su obra Final del juego. Si se comparan los dos textos se puede comprobar fácilmente la diferencia entre escribir y hacer literatura)


Al notar el hueco frío que tu cuerpo ha dejado junto a mí en la cama, siento que te has ido, que te has marchado a cumplir tu promesa de arrojarte al Sena. Y recuerdo en mi sueño tus quejas de siempre, deslizándose entre las arrugas de las sábanas igual que tu mano rozando mi piel, mientras duermo parar no oírte decir esas cosas. Porque ya no me importa si te has ido, si te has tirado al agua para ahogarte y flotas ya entre las barcazas del Sena, o has vuelto a tener miedo al mirar el fondo oscuro del río y has regresado aquí, a tocarme de nuevo para que note tu respiración agitada. O simplemente me has mentido, porque no te fuiste y sólo sueñas que te ahogas mientras agitas tus brazos, con la única humedad de tus lágrimas saladas que se ahogan entre sollozos y suspiros, hasta que el sol atraviese la ventana y caliente tu cuerpo frío.

Pero todo esto no me afecta, ya ni siquiera me das pena. Tu papel de mujer atormentada, tantas veces tan bien representado con tus llantos, tus miradas de odio y tus desmayos, ha pasado a ser un pequeño sainete, como un vodevil barato de provincias. Y yo ya no entro en ese juego teatral porque no quiero, porque no me gusta interpretar a la pareja perfecta, la que compagina con la misma rutina comidas y peleas y se destruye lentamente entre caricias ciegas. Prefiero no oírte mientras hablas, fumando un cigarro en mis silencios para que tú te quejes, no hay más remedio, y entorno mis ojos hasta dormirme con el susurro de tus juramentos, perdiendo la mirada entre tus gestos melindrosos y tus pechos.

Por eso me sorprende que sigas aquí, durmiendo en esta cama que detestas y te acerques a mí, moviendo tus piernas enredadas en tu extraño camisón de puntillas blancas, como si en tus sueños jugaras con el agua. Y tu respiración entrecortada abre un pequeño hueco entre tus labios, un mínimo canal oscuro en donde tantas veces me he perdido, y te vuelvo a ver hermosa olvidando tus reproches y manías. Tal vez nunca te fuiste y lo que yo creí un portazo no fue sino un golpe de viento, un sonido seco al otro lado de la calle mientras yo soñaba que te ibas a cumplir tus promesas para ahogarte. Alargo mi mano hasta tus hombros suaves y te toco para cerciorarme, para saberte a mi lado. Y ya no es por eso que te toco, ahora mis dedos recorren tu garganta, se pierden en los pliegues de tu ropa, buscan a tientas, noto como te giras y tus manos me rechazan. Pero hemos jugado tantas veces este juego que continúo buscando tu cintura, acariciando tu espalda, sabiendo que no quieres que siga pero dejándome hacer, consciente de que no harás nada. Me pones trabas tontas, te encoges en tu vientre, sueltas tus brazos sobre mi cara y yo nos veo desnudos, enredados como el ovillo de lana con el que juega nuestra gata. Recorro tus piernas, te voy venciendo lentamente, doblándote con suavidad, acoplando tus curvas a mis pliegues. Me escurro entre tus muslos y allí encuentro tu calor perdido, y hoy ya no, ya no rechazas mis juegos torpes, mis dedos presurosos, antes ligeros y que ahora crueles se aferran a tus nalgas, uniéndote a mi ritmo, recogiendo con mi lengua áspera la humedad de tus ojos, de tu cara, el agua sucia del Sena, de donde te han sacado tras ahogarte.

Tumbados sobre el muelle, rodeados de voces lejanas, abrazo tu cuerpo y tu camisón blanco, con puntillas mojadas, tan extraño.


viernes, 6 de marzo de 2009

Libro "12 Miradas"


El pasado día 20 de febrero, el Club de Escritura La Biblioteca (del que formo parte) presentó el libro 12 Miradas.
El acto tuvo lugar en la Biblioteca Pública de Albacete y contó con la presencia de la escritora albaceteña Rosa Villada (que unió a su amabilidad el buen hacer, con la lectura de un texto sorprendente).
Se trata de una edición no venal, pero se repartirá a todas las bibliotecas de la provincia de Albacete.
También está disponible en la página web de la Biblioteca Pública del Estado (pincha aquí) que, dicho sea de paso, cuenta con un grupo de personas que, haciendo su trabajo de manera ejemplar, hacen posible iniciativas como estas.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Instrucciones para un autorretrato




El autorretrato es un motivo habitual entre pintores, no es de extrañar habida cuenta del egocentrismo onanista que practican, mientras que entre los fotógrafos es un recurso escasamente utilizado, sin duda porque esta técnica dificulta más el omitir o disimular aquellos elementos menos estéticos del rostro, de modo que el artista, al congelarse en el tiempo, eterniza en el negativo la fatalidad con la que la naturaleza perfiló su estampa.

Pero si a pesar de estos inconvenientes, y como forma de garantizarse un hueco, sin duda nimio, en la magna historia de la cultura, el artista siente la tentación de empuñar su cámara para inmortalizar su rostro, conviene siempre no omitir determinadas prescripciones.

Rodearse de seres inocentes, niños y niñas que abran ojos como platos para perturbar el semblante del espectador más atrevido, a ser posible bien vestidos y peinados, de modo que su inocencia se transmute en la humana estupidez más aguerrida. También una mujer es un acierto, pues concentra las miradas masculinas, y aún mejor si entre sus brazos se adorna con un tierno infante, pulcro, rosado, esférico en su estricta anatomía, haciendo que miradas femeninas se pierdan recordando maternidades antiguas, pues son estas señoras asiduas de peluquería las que más reparos ponen al rostro varonil del que fotografía.

Y si esto no es bastante para que la cara del artista no provoque guiños tiernos, sonoras carcajadas, risas sin fin con espasmos musculares (que a buen seguro deslucen salas de exposiciones, concursos, juegos florales y demás espacios propios de genios, de creadores ingentes de cultura), procúrese un aparato antiguo, de esos en que la imagen se avista por arriba, y así enterrar nuestra mirada aun a riesgo de mostrar la parte más innoble de la regia calavera, aquella en la que el tiempo, en forma de alopecia, se muestra sin ambages, sin sutilezas ni equívocos que engañen.

Acuérdese de contener la respiración mientras dispara y no se olvide salir del negativo, no vaya a ser que en la jugada le atrape el tiempo. Y el destino, la historia o lo que sea continúe su curso con su ausencia, y el arte y la cultura pierdan para siempre un artista de su talla.

jueves, 5 de febrero de 2009

Accidente doméstico

Civril adoptó una sonrisa terrible, cruel. Llevaba tanto tiempo esperando ese momento que no pudo dejar de disfrutarlo antes de hacerlo.
Avanzó hacia su mujer, petrificada, blandiendo el cuchillo entre sus manos. Entonces tropezó y cayó al suelo, y la hoja en la garganta asomó por el otro lado de su cuello.
Se hizo el silencio.


(Esto es, simplemente, un pequeño ejercicio literario que hice en el club de escritura. Creo que me quedó bastante plástico)

jueves, 4 de diciembre de 2008

Una historia de amor


Al principio no fue amor, era más bien un cierto deseo posesivo.

Quise tenerla entre mis pertenencias, coleccionista más que amante, aunque ya intuía que ella sí podría cubrir mis silencios, rellenar mis vacíos con el calor de su piel tostada. Yo entonces pensé que la amaba, pero lo que fue creciendo en algún recóndito rincón entre mis vísceras fue una pequeña sensación de odio, el enfado del deseo insatisfecho que se alimentaba con la distancia y que, al cabo de los días, fue un abismo gris, un pozo oscuro de agua muerta.

Pensé que eliminando obstáculos se allana el camino, e intenté ponérselo más fácil cambiando hábitos y costumbres, corrigiendo rutinas para que la mía se acomodase a la suya. Hacerme imprescindible por ser inevitable y, en esa suerte de estrategia calculada, ocultar otros rostros, otras miradas también repletas de deseo. Y cuando creí que ya todo estaba hecho el horizonte tomó forma de venganza.

Ella también manejó hilos, tendió redes invisibles que sembraron la desgracia. Y de nuevo el pozo a mis pies, como fauces de un dragón hambriento que no atiende a razones ni a demandas.

Dicen que el tiempo lo cura todo, pero tampoco es cierto. A lo sumo separa la mirada, otorga nuevas perspectivas que modulan el pulso de la sangre. Y yo, en una pirueta impropia, en un arrebato de locura aún inexplicado, la perdoné por completo, sin esperar nada a cambio, como un bautismo limpio que borra todas las huellas del pasado.

Entonces sí la amé. Sentí el amor por los cuatro costados y, desde entonces, con una rosa roja en la mano, visito su tumba para ahogar mi llanto.